Friday, November 16, 2007

Adiós


La vida necesita de escritores. Y por suerte yo no soy uno de ellos. Para ser escritor se necesita saber vivir y saber escribir. Características que no reuno. La ascesis de la escritura necesita de hombres sin dobleces dispuestos a ofrecer todo por una serie de palabras concatenadas. Al escritor auténtico nunca le faltan temas ni lectores. Debo reconocer que no tengo prácticamente temas sobre los que escribir y lectores ni les cuento. El escritor no se rinde ante el reconocimiento de su propia vulnerabilidad, es más, la ensalza. Sabe que no es nadie sin los otros. Cuando abre la cama cada día antes de dormir, apoya su cabeza sobre la almohada y su cabeza se muere por las palabras. Esa es su recompensa: el sabor de las palabras.

Nunca he sido feliz con las palabras propias. Nunca serán como las que soñé y disfruté de mano de otros. Esa es mi realidad.

Miro para atrás y realmente sólo he sido feliz jugando al fútbol. No tuve cojones para ser futbolista, que era mi vida, y he intentando subirme al tren de las palabras. Qué gran cobardía. Ni fútbol ni palabras.

No quiero ser un fraude y por tanto no puedo seguir escribiendo. Abandono, si se puede decir así. A nadie le importa, lo sé, pero me parecía mal no despedirme de mis cuatro o cinco lectores. Lo siento. Lean a Sándor Márai, no necesitan nada más.

Me voy de un sitio al que nunca tuve que llegar, pero del que me da pena irme. Adiós.
(Para tranquilidad de todos afortunadamente no sufro ningún trastorno depresivo, que yo sepa)

Friday, October 12, 2007

La esencia del toreo


La esencia del toreo es torear. Ortega y Gasset puso el acento en el dominio de los terrenos para poder definir la tarea de torear. Y claro, se equivocó por limitado.
Torear es ejecutar un rito donde la verdad es la protagonista. Es rito por interpelar a sentidos más complejos que lo meramente fisiológicos y verdad porque se vive o se muere sin impostura.
El toreo casi nunca tiene nada que ver con el arte. Lo espectacular, lo circense o incluso lo deportivo acompañan más al torero y al toro que lo artístico. Y el público además no protesta. Pero cuidado, no debe asustarse si una extraña tarde en una plaza de toros sale a su encuentro el sentido poético. Un hombre con unos engaños endebles frente a una auténtica fiera, no sólo no huye sino que intenta desvelar otra verdad con mayores sugerencias que la realidad aparente de las cosas.
El oficio del hombre es vivir. La muerte no puede ser el fin de ninguna actividad humana. El hombre es un fin en sí mismo y no se acaba con la muerte.
Se equivoca quien quiere elevar su arte en el ruedo a expensas de su propia muerte o quien así lo exige.
El torero tiene las mismas oportunidades de alcanzar en su tarea lo heroico que cualquier hombre en la suya propia. La actitud heroica del hombre no entiende de mitos, que sólo surgen desde la creatividad y no desde una posición vital acertada. La búsqueda de la inmortalidad a través de la configuración del mito es tan frecuente como equivocada, ya que es ajena a lo humano.
A Joselito no le convirtió en mito su muerte en los ruedos, como así creyó el pobre Belmonte, sino lo que se escribió sobre ella.
Manolete tuvo que sufrir en aquel fatídico 1947 durísimas críticas por los mismos que tras su muerte construyeron loas de alabanza. Su muerte fue tan triste como la de cualquier hombre. Su toreo fue su vida, su muerte no fue su triunfo.
Ignacio Sánchez Mejías no quiso morir en Manzanares. No fue más héroe por reaparecer y ser aún más temerario. Su transfiguración poética en mito, fue fruto de todo le que le debían unos poetas muertos de hambre que conformaron la generación del 27, pero que escribían como los ángeles.
Paquirri no frecuentó los ambientes literarios pero toreó como los toreros machos. Nos quedamos con el hombre tras su muerte, pero no hubo versos para conocer el mito.
Y ahora digo, no te equivoques José Tomás, que no hay toreo sin vida y mito sin rimas. Los versos son siempre pasado y el toreo necesita de la actualidad del presente. El hombre necesita la vida y el mito sólo el papel.

Sunday, June 24, 2007

Llanto es nombre de escritor




La vida no conoce a nadie. Que se lo digan a Baldomero Fernández. La tarde del 16 de Mayo de 1920 conoció la tragedia la plaza de toros de Talavera de la Reina. El toro “Bailador”, de la ganadería de la Viuda de Ortega, hirió de muerte a Joselito. Alternaba esa tarde con su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías: “No hubo príncipe en Sevilla/ que comparársele pueda,/ ni espada como su espada,/ ni corazón tan de veras” (García Lorca). Olé. Acabada la última faena de la tarde don Ignacio acudió a la enfermería y vió como se moría Joselíto: “Llora, Giraldilla mora,/ lágrimas en tu pañuelo./Mira cómo sube al cielo/ la gracia toreadora…”.(Alberti) Qué pena tan grande. La fortaleza de ánimo del amigo de los poetas se quebró. Ayudar a Sánchez Mejías en esos momentos era ayudarse a uno mismo, contaba el gran Corrochano. Las cuadrillas, hombres hercúleos vencedores de tantos lances caprichosos de la vida, hechos a la brega con los toros y a las emociones trágicas, lloraban como niños. Y en eso que Baldomero Fernández con su cámara inmortaliza el dolor. Ignacio velaba el cadáver de Joselito. Frente a la serenidad y paz del ídolo que vuela buscando nuevos campos con sus ojos cerrados y su rostro pleno, la imagen absoluta del desconsuelo: la sien apoyada en su mano izquierda, y con la derecha acaricia a quien tanto quiso. La vida y la muerte fueron en esa instantánea Ignacio y Joselito. Baldomero se quedó con el olvido. Y que más da.
Francisco Cortés “Pacurrón” ha muerto recientemente y yo no he encontrado mano para apoyar mi sien y acariciar su rostro. ¡Qué pena más grande! En el mundo de los toros hay mucho de mentira y algo de verdad. La verdad se encuentra en pocas muletas y en algunos hombres de bien que rodean este esquivo mundo. Muy pocos dicen la verdad en los tercios y menos aún son los que la cuentan. Para escribir sobre el mundo del toreo hay que hacerlo desde la pena y el desasosiego. La verdad es amiga de la pena. Así Pacurrón desde su inmenso corazón decía verdades como puños, que a algunos molestaron y a otros les salvaron la vida. Mi pena fue conocerlo tarde. Mi amigo Diego Maldonado se equivocó hace dos años invitándome a participar en el jurado del premio “Capote de paseo”. Tanta sabiduría reunida asusta al que comienza a sorprenderse con los toros, y alguna vez con los toreros. Allí conocí a Pacurrón, a don Manuel Alcántara, a don Eugenio Chicano, a don Francisco Galdón, a don Alejo García, a don Juan Ortega, a don Juan Ramón Romero y a tantos otros. Mi relación con Pacurrón fue tierna. Una mañana de verano del año pasado me visitó con su mujer, doña Isabel, y le fastidié la feria. Se quedó ingresado en el hospital de mis amores, pero nadie quiso olvidarse de él en el callejón de la Malagueta. Nos reencontramos en Ronda, en la víspera de la goyesca, y nos fundimos en el abrazo que pueden darse dos hombres que se quieren y no tienen cojones a decírselo. No hace mucho volví a hablar con él sobre temas de intendencia médica, no quería despegarse del médico de toda su vida y procuré subsanar esa injusticia. Y en eso, que me dicen que ha vuelto a mi hospital. Y yo no fui capaz de encontrar el hueco que necesitaba mi amigo, que necesitaba yo para encontrarme con él, y en eso que viene el último toro de su vida. Y yo que me muero de pena de no haberme despedido de él. Maldita vida esta. Perdóname amigo. No permitiré que el olvido te acompañe a ti como a Baldomero Fernández, juglar de los ruedos.
Pasados los días y rezando por el descanso eterno de su alma recordé las conocidas frases de Rilke: “Oh Señor, da a cada uno su muerte propia, una muerte que derive de su vida. La gran muerte que cada uno lleva en sí- es el fruto en torno al cual todo gravita”.
Llanto es nombre de mi cobardía, pero también puede ser nombre de escritor, y de los buenos como tú fuiste Francisco Cortés “Pacurrón”. Dios te guarde en su gloria.

Thursday, April 12, 2007

La Bioética pasa de las comisiones


El actor Kiefer Sutherland da vida a un personaje del todo atrayente. Su nombre es agente Bauer, y pertenece a la Unidad Antiterrorista estadounidense. Es el protagonista de la famosa serie televisiva “24” de la Twentieth Century Fox. En ella, tanto él, como el presidente de los EEUU, tienen que tomar decisiones del todo complicadas, difíciles, y a veces casi imposibles, en un espacio muy corto de tiempo. Su tensión se traslada a los espectadores, y todos respiramos tranquilos cuando comprobamos que afortunadamente no debemos ser nosotros los protagonistas de esta toma de decisiones. Nadie quiere ser Bauer.
Muchos médicos sienten esa misma tensión cuando deben entrar al fondo de cuestiones sobre la vida humana, y se ponen en juego valores éticos. Esta preocupación por el hombre es consustancial al oficio del médico. Tanto necesita pensar sobre las cuestiones últimas del hombre que incluso ha generado una disciplina que pretende agrupar todo este tipo de conocimientos, y que llamamos Bioética.
La Bioética ha adolecido durante mucho tiempo de una fundamentación suficiente. Han sido sus principales pilares teóricos durante muchos años los que promovía la ética utilitarista, con una doctrina trivial que confor2C llamada “principialismo” o “principismo”. El olvido ha sido siempre el mismo en estas corrientes preponderantes, no han querido saber nada de la persona. En palabras del filósofo José Luis del Barco, la Bioética no es otra cosa que el hacer justicia a la vida. De esta forma la persona es el centro del debate, fundamentalmente por su condición de novedad radical en la historia. Debemos tender a encontrar una lógica de la acción que corresponde a un se lógica de la acción que corresponde a un ser que es el fin en sí mismo. La técnica sin ética es ciega, y la bioética sin guía teórica degenera en casuística. O sea.
Las escuelas norteaméricanas han impuesto su modelo de desarrollo de la bioética dentro de los centros sanitarios. En la mayoría de los casos como comisiones multidisciplinares, que a semejanza de un comité de expertos dictaban resoluciones sobre las cuestiones que se les presentaban. La bioética, que tiene que ver con la justicia, y por tanto con la búsqueda de la verdad del hombre, es reticente a encasillarse en comisiones, tratados, declaraciones y convenciones. El hombre necesita respirar libertad, y así suele encontrar las mejores soluciones para los dilemas diarios de la vida.
Los primeros Comités de Ética Asistencial en España datan del año 1976, como recuerda el Dr.Abel. Su desarrollo ha sido desigual, muchos han aportado luz en muchos temas, y otros han fomentado la confusión. La confusión ha sido tan importante en muchos países europeos, que ya no quieren hablar nada de comités de ética asistencial, y sólo consultan a grupos de expertos. En España seguimos por el camino de los comités, porque nos encanta a los españoles hablar, discutir, e incluso enredar.
En mi hospital existió un primer comité que fue prolijo en discusiones y en resultados. En estos momentos se ha iniciado una nueva etapa en este comité. He de decir que los comités no me gustan, pero entiendo que en España no puede funcionar otra organización que no sea ésta.
Uno se sorprendería de ver el orden del día de muchas de las reuniones de estos comités de ética asistencial repartidos por toda España. Lo primero que deberíamos decidir es sobre qué temas debe pronunciarse el comité. Para mí la respuesta es sencilla. Como en la economía libre, el mercado decide que es lo que se vende y lo que no. En los comités hay que debatir sobre las realidades que le lleguen al mismo. Algunos quisieran debatir sobre el orden mundial y otros sobre las miserias de su vecino. No nos cansemos en querer vender magdalenas cuando lo que nos piden son galletas.
Para formar parte de un comité de ética asistencial no se debe necesitar otra cosa que ser persona. Nada más y nada menos. Permítanme hacer una cierta incursión histórica que me ayudará a mostrar la importancia de los hechos y los valores, necesaria para avanzar en nuestra exposición. El siglo XIX nos introdujo en la fase histórica de la racionalidad o de la ciencia, presidida por el régimen de los hechos. Llamamos hechos a todos aquellos datos que percibimos directa o indirectamente por los sentidos, que pueden ser comprobables y gozan de objetividad. Los hechos son perceptibles y objetivos. Por el contrario, los valores se caracterizan por no poderse percibir por ninguno de los sentidos. Los valores no se perciben, se estiman. El valor no se identifica siempre con el hecho, pero no puede dar sin él. El hecho es siempre soporte del valor. Este razonamiento nos ayuda a llegar a la conclusión, que las personas que participan en un comité de ética asistencial en la toma de decisiones sobre hechos no deben olvidar nunca los valores. Si se quiere que las decisiones sean correctas, hay que prestar a los valores tanta atención como a los hechos. Es un aviso a navegantes.
Los profesionales sanitarios tienen fácil el camino para confiarse en ser una buena persona y una persona buena. Este camino es el que describe el humanismo. Ser humanista significa situar al hombre en el centro de la creación. El hombre es el merecedor de todas las atenciones y desvelos de la propia humanidad. Todo hombre, cualquier hombre. El hombre debe ser la medida de las cosas. Para transitar el camino humanista se necesita un poco de sencillez, mucho de generosidad, grandes dosis de preocupación por el otro, la influencia de las actividades que elevan la naturaleza del hombre, como las diferentes artes, la preocupación por ser riguroso en la profesión y finalmente, caridad.
He dicho, la bioética pasa de las comisiones.

Thursday, March 08, 2007

José Tomás se adelanta a Márai




San Diego, 21 de Febrero de 1989, Sándor Márai sustituye su pluma por el gatillo de la pistola que le quita la vida. Plaza de toros de Murcia, 16 de Septiembre de 2002, José Tomás se despoja del traje de torero que da sentido a su vida. El escritor húngaro no pudo ver la caída del muro de Berlín sólo por unos meses. El torero madrileño no tuvo que soportar lo de la “sensibilidad psíquica” del toro por poco. Sus palabras fueron necesarias para derribar el muro. Su toreo elevaba la dignidad animal del toro. Ambos invocaron su derecho al silencio.
Y nosotros a vivir en la nada. Sin novelas y sin toros no se puede sobrevivir en el siglo XXI.
La verdad. Su búsqueda por el hombre. La vida se sobrelleva cuando nos enfrentamos a ella con dignidad. El digno es el único que puede hacer justicia a la vida. En el camino nos tenemos que encontrar con personas auténticas, con poso. El que no se cruza con esos personajes al torcer una esquina, no sale del laberinto, y sólo halla caminos sin salida. El escritor húngaro y el torero español, por diferentes razones, no hicieron concesiones a lo accesorio. A lo necesario. Dieron sentido. O sea.
Y en eso de que estamos huérfanos, sale Salvador Boix. A convivir con el abismo. Nos habíamos acostumbrado. Animal de costumbre que sufre con el cambio es el hombre. José Tomás volverá a atarse los machos en Junio de 2007 en la Monumental de Barcelona, y nosotros con estos pelos. El periodista y escritor catalán hasta aquel día y apoderado del diestro desde ese momento, anuncia la noticia. La vacilada. Cuando quiere, con quien quiere y donde quiere. Y claro. Que envidia te tenemos Salvador Boix de los cojones.
Nadie del escalafón se puede sentir ofendido. El hueco. Viene a llenar. El que nadie ha tenido los arrestos de ocupar. A unos porque les pesan mucho los bolsillos, otros porque confundieron circo y ruedo. También los hubo que de tanto buscarse encontraron su triste realidad. Por último, hubo alguno que por no querer torear desnudo, tanto ropaje superficial lo devoró. Después de cuatro años. Más importante. Su vuelta a los ruedos. Más esperada. Su forma de entender el rito. Necesitamos autenticidad en un mundo que rezuma artificialidad. “Haz lo que sabes: torear se llama”, Sabina dixit. Hastiados de tanta telerrealidad, necesitamos de las postrimerías. La vida y la muerte. José Tomás porque acaricias en todas tus tardes la muerte no quieres despreciar la vida. Torero. Por volver. No te podemos dar las gracias. La gracia es tu presencia en el albero. Olé.
Pedro del Carril y Sigrid Graus son los propietarios de la editorial Salamandra. Entenderán. Por qué les cuento esto. Esta editorial catalana nos lanza un bote salvavidas cada año. Una novela de Márai en español. La última fue en Febrero de 2006, y no podemos soportar más retraso en conocer la que toca. Judit Xantus se murió que fue su mejora traductora. Pero tradujo muchas novelas. Marái es necesario. En estos tiempos de incertidumbre. Basta de tanta espera. Es muy buena la primera novela de Leone Swann, “Las ovejas de Glennkill”, pero ya está. Humanista y liberal. Dueño de sí y por tanto de nuestros corazones y mentes. Sándor Márai, vuelve.
José Tomás se adelanta a Márai.

Wednesday, January 03, 2007

Los toros no quieren morir en la plaza y otros relatos


Los toros se enamoran de la luna y no quieren morir en la plaza. Todos los animales luchamos contra la muerte. El instinto de supervivencia es nuestra canción protesta.
El toro, como cualquier animal, quiere estar en el campo, gozando de la libertad que le procura los límites de sus propios instintos.
Soy un ferviente aficionado a los toros. La muerte del toro en la plaza no me deja indiferente. Intento pensar y repensar en el tema. Puede que esté favoreciendo la crueldad ante estos animales y eso no me seduce en absoluto. La actualidad me brinda la actualidad de defender mi humilde posición.
Los toros están dotados de dignidad animal. No se la deben de ninguna manera a la forma con que mueren sino a sus propias características ontológicas. El tipo de muerte de cualquier animal no le confiere más o menos dignidad. La muerte de un toro en una plaza a manos de un torero es tan digna como la que le procura otro toro en una dehesa. Podemos discutir sobre la crueldad de la misma, y sobre si es lícito hacer espectáculo público de la muerte. Es verdad que la propia naturaleza y la relación entre animales nos da ejemplos clarividentes de lo crueles que pueden ser unos animales con otros, y no por ello tenemos la tentación de intervenir en favor de la indefensa gacela cuando muere de forma aterradora entre los dientes de un león. Entendemos la muerte de los animales dentro de un contexto de supervivencia. Y así lo hacemos extensivo a la muerte que procuramos a los animales que entran en la cadena alimenticia del hombre, o ayudan al desarrollo de la investigación médica. Existe un equilibrio que de muchas formas intentamos salvaguardar dentro de unas mínimas normas de respeto a la dignidad de los animales. Algo parecido ocurre también con la caza. La caza no la inventan los aristócratas aburridos sino los hombres hambrientos. En estos días, como decía Ortega y Gasset, afortunadamente en la mayoría de los lugares no se caza para matar, sino que se mata por haber cazado. Muchos hacen análisis diferentes cuando el animal en cuestión es un toro, y su muerte la encuentra en una plaza de toros.
Los toros son un tema serio si se entienden como uno de los últimos ritos que nos quedan en nuestra cultura. Los aficionados no vamos a las plazas a ver morir a los toros, sino que el rito finaliza con la muerte del toro. El rito representa la lucha desigual entre una fiera y un hombre, que tiene el arrojo suficiente para conseguir con unos engaños endebles relacionarse con él de una forma tan plástica y llena de emoción que puede elevarla a la categoría de arte. La inteligencia humana vence a la fiereza animal vistiéndose de arte. El torero es el héroe, que debe dar muerte al toro al que vence. Todos en la plaza queremos ser torero. Una corrida de toros sin muerte real sería otra cosa. Podría ser un espectáculo digno, incruento, incluso artístico pero no podría denominarse corrida de toros, le faltaría la última verdad: la de la posibilidad de la muerte auténtica de ambos protagonistas. Por esta verdad muchos nos sentimos arrastrados. El influjo e influencia sobre el espectador del rito taurino es intensísimo.
Los enemigos del rito taurino no son sus detractores. Bien al contrario. Los toros pueden desaparecer si la verdad de su esencia se desnaturaliza por parte de los intervinientes en el rito. Si los toros son mermados en sus defensas, si la muerte que se le procura al toro es fruto de una mala técnica del diestro, si los toreros aspiran a ser domadores o gladiadores en vez de matadores de toros, si los aficionados se ponen de parte de la falsedad contada por muchos “juntaletras”, si los intereses económicos de los empresarios priman de una forma despiadada sobre la pureza del rito y si las autoridades no velan por la autenticidad del rito.
Los toros no piensan pero siguen dando en qué pensar.

Tuesday, January 02, 2007

Veinte años sin Tarkovski


De mayor quiero ser programador de televisión. Y si me dejan, sólo para trabajar en navidades. Se imaginan. Es que debe ser muy fácil ser muy bueno siendo tan malo. Un poco de “cuore”, una medida de mal gusto, aderezado con los últimos tratados del friki de turno, algo de cocina, risas enlatadas y Risto y sus triunfitos, para los que querían caldo.
Han pasado veinte años de su muerte, y nadie de mis queridos programadores televisivos se ha acordado del cine de Andrei Tarkosvki. A muchos de ellos los echarán en este año que empieza por la esclavitud del “share”, pero ninguno ha querido ser original con su motivo de despido: proyectar “Sacrificio” en “prime time” en navidades.
Para muchos la palabra sacrificio no da ni para titular un largometraje, es desconocida en su vocabulario. No digamos en sus vidas. Pero fue la última película que dirigió el director ruso entre sesión y sesión de radioterapia. Tenía un cáncer de pulmón pero no dejaba de ser un buen hombre.
En Febrero de 1988, gracias al gran Rafael Llano, pude conocer la obra de este director de cine ruso. Era la primera retrospectiva de su cine en España, y entre mis horas de estudio de la anatomía encontré los momentos oportunos para no entender nada de su cine. Suele ocurrir, así que no preocupé. Para entender a Tarkovski había que entenderse a uno mismo primero, y todavía estoy en ello. Afortunadamente me compré su famoso libro sobre teoría cinematográfica “Esculpir en el tiempo”. Lo leí en segundo o tercero de carrera y seguí sin entenderlo.
Menos mal: el cine de este autor ruso no tiene que gustar. ¿Entonces? Si después de encontrarse con las películas de Andrei Tarkovski uno no desea ser mejor, mala cosa.
Andrei era un humanista, liberal y chulo. O sea. Como a mí me gusta. Se plantó de golpe en el circuito cinematográfico internacional al merecer con su primer largometraje el máximo galardón del Festival de Venecia. La edición de 1962 incluía obras de Godard, Rossi, Kubrick, Pasolini y de otros conocidos directores europeos y americanos, lo mismo que películas de veteranos del cine soviético, como Gerasimov; pero ni unas ni otras pudieron imponerse a aquella “Infancia de Iván” que Mosfilm había traído de Moscú. La crítica internacional elogió las cualidades estéticas de la cinta de Tarkovski pero sobre todo sus contenidos. Goya pintaba como los genios pero no sabía escribir como los hombres. Nuestro Andrei, no sólo pintaba en el negativo de las películas sino que escribía de forma tan rotunda, que sosteniendo una vieja comparación de su profesor en el VGIK, Mijáil Romm, acuñó la feliz expresión de que hacer cine es como “esculpir en el tiempo”. Olé. El régimen comunista nunca pudo con él, su lucha por la libertad la libró en su mundo interior. Tuvo las narices de ser un humanista mostrando a la civilización occidental sus miserias y su paso firme al abismo, ella que siempre ha ido de adelantada.
Entre tanto mediocre que escribe o tiene el valor de presentar un conjunto de imágenes con diálogos y llamarlo largometraje, todavía nos queda París. Ciudad en la que Andrei murió y en la que fue despedido con lágrimas sonoras por su admirador Rostropovitsch. Está enterrado en el cementerio ortodoxo de Sainte-Genevieve des-Bois, una pequeña localidad a las afueras de París, en dirección sur. El campo santo fue construido como un jardín, siguiendo en esto la tradición rusa, y en su recinto se conserva todavía la pequeña capilla de La Asunción, completamente blanca y rematada por una cubierta azul en forma de bulbo, que preside el cementerio. Descanse en paz.
Su aniversario al menos me ha servido para elegir como regalo de navidad para Risto y todos sus triunfitos, la magnífica versión en español comercializada no hace mucho de “Sacrificio”. Lo dicho, taza y media.